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La esperanza ante la enfermedad

Por el Dr. José Luis Guinot

La enfermedad siempre viene a destiempo, vivimos la vida haciendo planes, proyectos, hasta que de pronto un diagnóstico grave amenaza la tranquilidad, provocando un tsunami de emociones. Se produce una “ruptura biográfica”, el ritmo de la vida se trunca, quizás por primera vez tomamos conciencia de que no somos eternos, de que el final del viaje puede estar más cerca de lo que imaginábamos. El miedo se apodera y se asientan sentimientos de incredulidad, vulnerabilidad, incertidumbre, angustia, amenaza… que acompañan durante todo el proceso, y que no se tratan con medicamentos ni se pueden extirpar con cirugía.

Frente a estos sentimientos nos vemos obligados a actuar, a elegir una actitud. La primera reacción es la de huida: no es posible, hay que ir a otro médico, a buscar una segunda opinión. Momentáneamente se pospone la realidad, que al final siempre sale al encuentro. Surge otra actitud de amenaza, en la que la ansiedad se apropia de la persona, imaginando todo lo que puede venir, en un sufrimiento anticipado que elimina todo rastro de paz. En ciertos momentos se baja un escalón más y se pierde la esperanza adoptando una actitud de pérdida: ya no hay nada que hacer, no vale la pena luchar. Es la derrota total, la tristeza lo invade todo y lleva a morir antes de morir.

Afortunadamente, hay otras actitudes más positivas frente a la enfermedad que amenaza la vida, y hay personas que demuestran que después del primer diagnóstico que impacta es posible asumir esa realidad y adoptar una actitud de lucha, de reto o desafío. Son personas que participan activamente en las decisiones y en el tratamiento, que mantienen siempre la esperanza de que algo más se puede hacer.

¿Por qué es tan importante la actitud? Porque se sabe que personas con actitud de lucha o reto, en situaciones similares viven más tiempo y con mejor calidad de vida que las que adoptan la actitud de pérdida y que están derrotadas antes de empezar. Viktor Frankl demuestra que en cualquier situación la vida tiene un sentido; también ante una enfermedad grave o que amenaza la vida, e insiste en que hay que hacer todo lo posible para superar una situación que nos causa sufrimiento, para vencer sus causas, pero cuando ya no es posible cambiar la realidad sólo nos queda la libertad de elegir la actitud con la que enfrentaremos al reto que la vida nos pone delante.

Pero, ¿es posible cambiar la actitud? Para ello necesitamos tres pilares: La confianza, la esperanza y la voluntad. La confianza en quien nos ayuda a ir adelante, profesionales y seres queridos, que son el apoyo para que merezca la pena luchar.

Esperanza porque si no hay un motivo para seguir adelante, no es posible avanzar. Quien ha perdido la esperanza ya no vive aunque su corazón siga latiendo. Y voluntad, porque nadie puede obligar a otro a cambiar la actitud. Es algo que depende de la libertad de cada uno. Lo más que podemos hacer es estar al lado de quien sufre para animarle a que cambie su actitud. Para ello será imprescindible que deje de mirarse a sí mismo y a su propio sufrimiento, y alce la vista y reconozca a su alrededor personas que le quieren o quieren su bien, y que también sufren por su enfermedad. Salir de uno mismo será requisito imprescindible para romper la espiral a la que arrastra el sufrimiento que se hace crónico.

¿Y siempre existe una esperanza? Parece que cuando la enfermedad se agrava, el cáncer progresa, el cuerpo naufraga, se hace imposible o ingenuo mantener una esperanza. Aquí es necesario reconocer en qué ponemos nuestra esperanza. Mientras se puede será en la curación, es lo más natural y hacia donde debemos encauzar todas nuestras fuerzas. Pero cuando ya no es posible porque la ciencia médica tiene sus límites, o porque la edad avanza y el deterioro progresivo resulta inevitable, aparecen dos actitudes más, que se parecen pero son opuestas: una es la resignación, que por años se nos ha invitado desde las religiones a asumir como inevitable. Siempre es mejor que la actitud de pérdida, pero deja una amargura que lo impregna todo de tristeza.

La Dra. Elisabeth Kübler-Ross, que describió magistralmente las fases por las que pasa quien toma conciencia de que va a morir en breve, decía que tras la negación, la ira, y el pacto se llega a la depresión. Pero que si la persona tiene alguien que le acompañe y apoye, la mayor parte de las veces es capaz de llegar a la aceptación. Aceptar lo inevitable es el camino más rápido para cambiar la actitud. Y en vez de hundirnos en la rabia y la impotencia, reconocer que aún hay vida que vivir, en el presente, día a día, con proyectos a corto plazo, ya que el tiempo que queda es incierto, pero valioso. Es una esperanza que no se apoya en la curación, ya imposible, sino en la calidad de vida, en el amor de las personas que nos quieren, el valor de las pequeñas cosas, la certeza de que lo que se ha vivido queda para siempre. Como dice Frankl, “lo que se ha hecho ya no puede deshacerse, ha sido preservado para la eternidad al depositarse en el pasado”. Es una esperanza que radica en la vida que precedió, y que da sentido al presente.

Teenage girl with praying. Peace, hope, dreams concept.

Y queda un miedo al futuro y a lo que pueda haber más allá. Aquí surge la dimensión espiritual de la persona, a veces manifiesta en las creencias religiosas, pero muchas veces inconsciente. Queda una esperanza de que puede haber algo más que no conocemos, pero que se nos transmite como posible y como respuesta al misterio de la existencia, donde la ciencia no alcanza, y donde radica el profundo anhelo de inmortalidad de todo ser humano. Para quien ha vivido esa fe durante la vida es el momento de reforzarla, aunque lo desconocido genera dudas; igual que para quien considera que la muerte lo cancela todo, aunque siempre queda una resquicio al quizás, un pequeño rayo de esperanza.

De un modo u otro es labor de quien acompaña ahuyentar el miedo dejando una puerta abierta, pues el único antídoto contra el miedo es la esperanza. Quienes acompañamos a personas en el sufrimiento de la enfermedad, en la fase del final de la vida, tenemos la responsabilidad de dar confianza, mantener la esperanza y ayudar a elegir la actitud que permita vivir esa experiencia con sentido.

Son muchos los pacientes excepcionales que han dejado constancia con su actitud ante la vida y ante la muerte, de que la esperanza no es sólo un deseo sino una realidad. Y han dejado huella en nuestra memoria, asegurando que cuando nos llegue a nosotros mismos la experiencia del sufrimiento, será posible cambiar la actitud y dejar a quienes nos acompañen un testimonio de paz y serenidad, el legado de una vida plenamente realizada y llena de sentido.

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Dr. José Luis Guinot

Médico, Oncólogo-Radiólogo. Jefe de la unidad de radioterapia
del Instituto Valenciano de Oncología.
Presidente de la Asociación Viktor E. Frankl

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Revista 4 – Ene2020

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